Segovia es una de esas ciudades que se descubren con los sentidos y se recuerdan con emoción. Situada en el corazón de Castilla y León, su silueta de piedra, marcada por el imponente acueducto romano y el perfil inconfundible del Alcázar, parece suspendida entre la historia y el presente. Pasear por su casco antiguo es recorrer siglos de cultura, donde conviven huellas romanas, esplendor medieval y tradición castellana en un espacio urbano sorprendentemente bien conservado. Llegué a la ciudad el 18 de agosto de 2020, tras tomar el tren de alta velocidad desde Madrid.

Castilla y León es una tierra amplia y serena, donde el paisaje se abre en horizontes casi infinitos. Es la comunidad más extensa de España y una de las regiones con mayor peso histórico y cultural del país. Tomé esta foto fuera de la estación de tren de Segovia Guiomar. Esta pradera de amarillo dorado se extendía como un mar de hierba y cereal. Era un paisaje sobrio y silencioso, donde el cielo parecía más grande. El viento recorría la pradera como un susurro antiguo y dejaba al descubierto al ganado y a las ovejas, tendidos sobre la hierba. Lejos de ser un espacio vacío, la pradera estaba llena de tradiciones agrícolas y de una belleza austera que invita a la contemplación.

La UNESCO declaró Segovia Patrimonio Mundial en 1985 debido a su extraordinario conjunto monumental, encabezado por el Acueducto romano, una obra maestra de la ingeniería antigua, construido sin argamasa y conservado casi intacto. Construido a finales del siglo I, se alza majestuoso sobre la ciudad con más de 160 arcos de granito. La historia de Segovia se remonta a la época romana. La construcción del acueducto demuestra la importancia de la ciudad como núcleo urbano estratégico.

Su tramo más espectacular se encuentra en la Plaza del Azoguejo, donde alcanza casi 30 metros de altura y se integra con naturalidad en la vida cotidiana de la ciudad. Lejos de ser una ruina estática, el acueducto fue durante siglos una infraestructura viva, encargada de llevar el agua desde la sierra hasta Segovia, demostrando la funcionalidad y durabilidad del legado romano.

Subí los múltiples escalones hasta una terraza elevada. Desde allí, la Plaza del Azoguejo se revelaba en toda su dimensión y belleza. La vista panorámica permitía comprender la magnitud real del espacio y la fuerza visual del acueducto romano. La plaza, vista desde lo alto, parecía un punto de confluencia natural. La gente se movía lentamente, las calles irradiaban hacia el casco antiguo y la vida cotidiana fluía bajo la sombra milenaria del acueducto. El contraste entre el granito antiguo y el movimiento moderno creaba una imagen viva, profundamente segoviana.

Después, visité la Plaza Mayor de Segovia, considerada el gran salón urbano de la ciudad. Era un espacio amplio y luminoso donde la vida social se desplegaba con naturalidad. Rodeada de edificios históricos, soportales elegantes y terrazas animadas, la plaza combinaba solemnidad y cotidianidad en un equilibrio muy castellano.

Aquí se alzaba la Catedral de Santa María, cuya imponente fachada gótica dominaba la plaza. Construida entre los siglos XVI y XVIII, es una de las últimas grandes catedrales góticas de Europa. Su exterior imponía por la verticalidad de sus formas: contrafuertes esbeltos, pináculos afilados y una torre majestuosa. La piedra clara reflejaba la luz de la mañana, otorgándole una presencia noble y serena.

Me gusta pasear alrededor de edificios antiguos y detenerme en sus detalles arquitectónicos. En uno de los rincones más discretos, una pequeña escultura de león sosteniendo un panel pasaba fácilmente desapercibida para el visitante apresurado. Sin embargo, este detalle tallado encerraba una delicadeza y un simbolismo propios del lenguaje gótico tardío. La escultura aparecía como un guardián simbólico, sosteniendo el panel con una mezcla de fuerza y equilibrio. En la tradición medieval, el león representa poder, vigilancia y protección, una imagen recurrente en la iconografía cristiana asociada a la defensa de lo sagrado y de la palabra divina.

Caminar por la ciudad antigua de Segovia era una experiencia lenta. Las calles empedradas obligaban a bajar el ritmo, y ese paso pausado permitía descubrir fachadas de piedra, escudos tallados y balcones de hierro que revelaban siglos de uso y transformación. A cada giro, el paisaje urbano cambiaba. Una calle estrecha se abría de pronto a una plaza tranquila; una torre o una cúpula aparecía entre los tejados. La ciudad no se mostraba de golpe, sino que se dejaba leer poco a poco.

Al final del paseo, quedabame la sensación de haber atravesado no solo un espacio urbano, sino una continuidad viva entre pasado y presente. La Puerta de San Andrés es una de las entradas más bellas de la muralla de Segovia. Situada en el lado sur del recinto amurallado, fue durante siglos el acceso principal al barrio de la Judería, y aún hoy conservaba un fuerte carácter simbólico y defensivo. Su estructura era sólida y sobria, formada por dos torres robustas unidas por un arco.

La muralla de Segovia rodeaba el casco antiguo como un cinturón de piedra, adaptándose a la topografía del terreno y marcando con claridad el límite entre la ciudad histórica y el paisaje circundante. Su origen se remonta a la época romana, aunque la mayor parte de la muralla que hoy se conserva fue reconstruida y reforzada entre los siglos XI y XIII. Construida principalmente en sillería de granito, presentaba un trazado irregular de más de tres kilómetros, salpicado de torres defensivas y cubos semicirculares.

Desde el Mirador Calle del Socorro, la silueta de Segovia en la manana se recortaba con claridad. En la distancia, las vistas se abrian hacia la Catedral de Santa María. Las piedras de los edificios, erosionadas por el tiempo, guardaban la memoria de siglos de historia.

Este mirador ofrecia una perspectiva amplia y profunda sobre el valle del río Eresma. Situado sobre un promontorio rocoso, el Alcázar de Segovia se alzaba en la confluencia de los ríos Eresma y Clamores, dominando el paisaje desde una posición estratégica.

A sus pies, el valle se desplegaba en tonos verdes y ocres, con senderos que serpenteaban entre vegetación, antiguas huertas y restos de construcciones históricas. El valle invitaba a un paseo distinto al urbano: la sombra de los árboles y el sonido del agua. Era un lugar donde Segovia respiraba, lejos del bullicio.

Desde abajo, la fortaleza parecia surgir directamente de la roca, con sus torres y murallas fundiéndose con el relieve, creando una imagen poderosa y casi irreal. El verde del valle envolvia la base del Alcázar. El contraste entre la solidez del granito y la suavidad del paisaje natural intensificaba la sensación de aislamiento. La Torre de Juan II se alzaba como punto focal.

Al observarlo desde la distancia, especialmente bajo la luz suave del amanecer, se transformaba en una imagen poética. Su silueta, con torres esbeltas y tejados de pizarra puntiagudos, recordaba inevitablemente al castillo del cuento de Blancanieves y los siete enanitos. Era, sin duda, un icono visual que despertaba la imaginación, como esos castillos que todos hemos visto alguna vez en los libros y en la pantalla.

Subí las escaleras para visitar Alcázar de Segovia. El Monumento a Daoíz y Velarde es un monumento histórico y artístico situado en la Plaza de la Reina Victoria Eugenia, frente al Alcázar de Segovia. Fue realizado por el escultor Aniceto Marinas e inaugurado en 1910 para rendir homenaje a los capitanes de artillería Luis Daoíz y Torres y Pedro Velarde y Santillán, héroes del levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas napoleónicas. El pedestal, decorado con relieves en bronce y escudos, representaba escenas de la defensa del Parque de Monteleón.

El Alcázar combina carácter defensivo y elegancia palaciega. A lo largo de los siglos, ha sido fortaleza militar, residencia real, prisión y academia, reflejando las distintas etapas de la historia de Castilla. Se accedía a él tras cruzar un puente de piedra que antiguamente podía aislarse mediante un sistema levadizo. La entrada estaba flanqueada por muros macizos y Torres de Juan II, construidos en sillería de granito. La puerta pequeña recordaba al visitante que este no era solo un palacio, sino, ante todo, una fortaleza estratégicamente concebida.

Al atravesar la puerta, la sensación cambiaba de inmediato. El espacio se abría hacia el Patio de Armas, un recinto sobrio que conservaba el carácter militar original del edificio. Tras la penumbra del acceso, la luz volvía a imponerse sobre la piedra, revelando muros gruesos, ventanas estrechas y torres interiores.

La Sala de los Ajimeces es una estancia que combina elementos decorativos con la función militar del castillo. Su nombre proviene de los ajimeces, ventanas geminadas que permitían la entrada de luz al tiempo que conservaban la protección de los muros, típicas de la arquitectura medieval. Esta sala destacaba por las armas y armaduras exhibidas, que recordaban la función histórica del Alcázar como fortaleza.

Espadas, lanzas, escudos y cascos estaban dispuestos cuidadosamente, no solo como colección decorativa, sino como un testimonio del poder militar y de la vida cotidiana de los habitantes del castillo en tiempos pasados. Encontré la bandera de los Habsburgo en esa sala. Los Habsburgo del Sacro Imperio Romano Germánico gobernaron España desde comienzos del siglo XVI hasta finales del siglo XVII, periodo en el que el Alcázar no solo continuó siendo residencia real, sino también centro de poder administrativo y militar en Castilla. La bandera y las armas recordaban que durante ese tiempo Segovia vivió un periodo de esplendor cultural y arquitectónico bajo la monarquía de los Habsburgo.

En la sala, los cañones históricos se presentaban como testigos silenciosos de la evolución militar del castillo. Los cañones, generalmente de hierro o bronce, mostraban formas robustas. Algunos conservaban relieves, inscripciones o escudos que indicaban su procedencia o el periodo al que pertenecían. La luz tenue de la sala resaltaba la textura metálica envejecida. Observé con atención los detalles de las fundiciones, que revelaban tanto el ingenio técnico como la destreza artesanal de su tiempo.

Al avanzar hacia el interior, se accedía a espacios más recogidos que marcaban la transición del ámbito militar al residencial. La Sala de los Reyes es uno de los espacios más simbólicos del castillo y el más grande del Palacio. Lo primero que llamaba mi atención era el techo, ricamente trabajado en madera. La combinación de madera tallada, escudos heráldicos y la disposición ordenada de los monarcas generaba una sensación de autoridad y continuidad histórica.

A lo largo de los muros se disponían las representaciones de los reyes de Castilla, formando una secuencia histórica que convertía la sala en una auténtica galería dinástica. Cada figura reforzaba la idea de linaje, herencia y poder transmitido a través de generaciones. Allí el visitante podía leer el pasado. El edificio dejaba de ser fortaleza y se convertía en escenario político.

El artesonado en forma de quilla invertida en la Sala de la Galera me impresionaba. Las vigas y paneles formaban un ritmo que dirigía mi mirada hacia el centro y resaltaba la verticalidad del espacio. Históricamente, la sala tenía un papel ceremonial y diplomático. Aquí se recibían embajadores, dignatarios y personajes importantes de la corte. La decoración reflejaba esta función, pero sin caer en la ostentación excesiva. Los colores y la luz que atravesaban la sala creaban un ambiente cálido y solemne.

La Sala del Trono es otro de los espacios más solemnes y representativos del castillo. Al cruzar el umbral, la atmósfera era majestuosa. En el centro visual de la sala se situaban los tronos reales, dispuestos bajo un dosel y acompañados por el escudo de los Reyes Católicos. El elemento más impresionante era el artesonado mudéjar del techo. Tallado en madera con complejos motivos geométricos y heráldicos, creaba una estructura visual que dirigía la mirada hacia arriba.

En la sala, las vidrieras con la inscripción “Alfonso VI Rey” no son simples elementos decorativos. Las letras, integradas en el diseño del vidrio coloreado, aparecian enmarcadas por motivos heráldicos y geométricos que dialogan con la estética medieval. Tras la caída del Imperio Romano, Segovia experimentó varias ocupaciones, incluyendo la visigoda y, más tarde, la musulmana. Fue reconquistada por los cristianos en el siglo XI, durante el reinado de Alfonso VI. En esta época se consolidó su muralla defensiva y se desarrolló el casco histórico. Mu gustaban la delicadeza del trazado, el equilibrio entre texto e imagen y el color suave. Las vidrieras convertian la luz en mensaje, recordando la historia de la arquitectura palaciega.

La Sala de las Piñas del Alcázar es una de las estancias más singulares y refinadas del castillo. Su nombre proviene del extraordinario artesonado de madera que cubre el techo. Las piñas, repetidas con precisión geométrica, generan ritmo y profundidad en el techo. La sala mantenia proporciones armoniosas. No era tan ceremonial como la Sala del Trono, pero posia una elegancia más sutil. La luz, filtrada suavemente, resaltaba los relieves y acentúaba la textura del techo

Las ventanas ajimeces ofrecían vistas limitadas hacia el exterior, permitiendo observar el entorno. Situado en una zona elevada junto a las murallas, el jardín ofrecía un contraste delicado entre la piedra firme de la fortaleza y la frescura de la vegetación. No era un jardín exuberante ni ornamental en exceso; mantenía una elegancia geométrica. Caminos definidos, parterres ordenados y arbustos cuidadosamente recortados estructuraban el espacio. Podía detenerme, respirar y observar la naturaleza que lo rodeaba.

Las torres y las almenas en forma triangular dibujaban sobre el cielo una silueta de «dientes de sierra». Los triángulos repetidos creaban una línea quebrada que aportaba ligereza al conjunto. Desde lejos, las formas triangulares destacaban con claridad, recortándose contra el cielo. Más allá de su función militar original, hoy se percibían como una obra estética.

Observadas de cerca, las almenas revelaban la precisión de la sillería y el cuidado constructivo. Las coronas almenadas y las múltiples hiladas de piedra subrayaban el carácter estratégico del edificio. Las piedras, ligeramente erosionadas por el paso de los siglos, conservaban marcas casi imperceptibles.

Las marcas históricas de Segovia no se encontraban solo en sus grandes monumentos, sino también en los detalles silenciosos de sus edificios antiguos. Caminar por el casco histórico era leer la ciudad como si fuera un libro de piedra. Cada fachada conservaba huellas del paso del tiempo.

En muchos muros se observaban escudos heráldicos tallados, símbolos de linajes y familias nobles que afirmaban su presencia en la ciudad. Estas piedras esculpidas, a veces desgastadas por siglos de viento y lluvia, seguían proclamando identidad y prestigio. También aparecían inscripciones, fechas y símbolos religiosos que permitían situar la construcción en un contexto histórico concreto. Los arcos, dinteles y piedras eran señales visibles de transformaciones arquitectónicas.

Pasé un día entero explorando cada rincón de esta antigua ciudad que habla del pasado. Para quien disfruta observar los detalles arquitectónicos, Segovia es un escenario privilegiado. No solo impresiona por su conjunto monumental, sino por esa acumulación de pequeñas evidencias que cuentan una historia más continua. Las marcas históricas convierten a la ciudad en un espacio vivo, donde pasado y presente se superponen con naturalidad y cada edificio antiguo se transforma en testimonio tangible del tiempo.