Un día perfecto en Zaragoza

Zaragoza es una ciudad donde la historia, el arte y la vida cotidiana se entrelazan con naturalidad. Situada a orillas del río Ebro, conserva un patrimonio que refleja siglos de influencias romanas, árabes y cristianas. Recorrer sus calles es descubrir plazas llenas de vida, iglesias majestuosas y rincones que invitan a detenerse. Fue una parada corta de mi viaje en Espagnol 2020 entre Madrid y Barcelona.Viajar a Zaragoza fue para mí una experiencia especial en que conocí los grandes maestros de Francisco de Goya.

El Palacio de la Aljafería

El Palacio de la Aljafería fue la primer lugar que visite en Zaragoza. Es cerca de la estacion de alta velocidad Zaragoza-Delicias. Desde el primer momento, su arquitectura me transmitió una mezcla de fortaleza y delicadez. Por fuera, el palacio de stylo islamico se alzaba sobrio e imponente; por dentro, revelaba un mundo de detalles que invitaban a mirar despacio. Zaragoza tiene edificios islámicos porque durante varios siglos formó parte de al-Ándalus, el territorio de la península ibérica bajo dominio musulmán en la Edad Media.

La gran puerta de entrada imponía desde el primer instante. La madera, oscura y robusta, mostraba vetas profundas y pequeñas huellas del tiempo que revelaban su antigüedad. Los herrajes metálicos añadían carácters pesados, sobrios y cuidadosamente trabajados, reforzaban esa imagen de fortaleza que define al palacio.

Lo más especial fue la sensación que produjo atravesarla. Al pasar de la luz exterior al interior del palacio, el ambiente cambiaba de inmediato: el ruido de la ciudad quedaba atrás y daba paso a una calma distinta. Cruzar aquella gran puerta fue como abrir un capítulo del pasado.

Los arcos de herradura, los delicados motivos geométricos y la armonía de los patios reflejaban la huella del arte islámico que dio origen al lugar. Los arcos elegantes que rodeaban el patio, con sus formas delicadas y proporciones precisas, enmarcaban la luz de una manera especial. Son uno de los rasgos islamicos más característicos. Tienen una forma semicircular que se cierra ligeramente hacia dentro.

En el centro, el jardín daba vida al espacio con una frescura serena. El verde de las plantas contrastaba con los tonos cálidos de la piedra, creando una atmósfera apacible. En la tradición islámica, el jardín representa un refugio idealizado, un espacio de paz que evoca el paraíso. Por ello, las plantas se disponen de forma simétrica, generando una sensación de armonía. Los caminos y parterres se organizan en trazados rectilíneos, reforzando la idea de equilibrio.

El Palacio de la Aljafería fue construido en el siglo XI por la dinastía musulmana de los Banu Hud. En 1118, Zaragoza fue conquistada por el rey Alfonso I de Aragón. A partir de ese momento, muchos edificios islámicos fueron transformados y reutilizados, incorporando elementos cristianos sin perder completamente su esencia original. El arte mudéjar es un estilo artístico que combina técnicas y decoración del arte islámico con estructuras y funciones cristianas.

Visité algunas salas cuyo interior destacaba por la riqueza de sus techos de madera tallada. Presentaban formas geométricas entrelazadas, casetones, motivos vegetales y detalles dorados que reflejaban una extraordinaria delicadeza. El arte mudéjar heredó del mundo islámico el gusto por los patrones repetitivos: estrellas, lazos, líneas entrecruzadas y composiciones simétricas. En uno de los muros colgaba un gran escudo heráldico, probablemente vinculado a la monarquía aragonesa. De forma rectangular, como un estandarte, estaba enmarcado por una cenefa decorativa que reforzaba su solemnidad.

Muchos arcos, puertas y ventanas presentaban relieves en yeso con dibujos delicados. Esta técnica permite crear superficies ligeras y muy ornamentadas. Los relieves de leones destacaban por su fuerza simbólica y su delicadeza técnica. El león tenia un significado claro y representaba poder y autoridad.

Se conservaban los restos de un capitel y elementos epigráficos en relieve pertenecientes al periodo de taifas (siglo XI). Constituían uno de los ejemplos más refinados de la decoración epigráfica del arte andalusí. El capitel, con decoración de hojas, aparecía en una forma derivada del capitel corintio, pero reinterpretada en clave islámica. Los fragmentos de yesería con inscripciones árabes empleaban escritura cúfica o cursiva. Eran poco profundos, pero muy detallados.

El Palacio de la Aljafería se alzaba en el oeste de la ciudad, como un testigo silencioso de su historia. Desde allí, continué mi recorrido por el corazón de Zaragoza. Me cautivó su paisaje, profundamente marcado por la presencia del río Ebro, cuya corriente parecía dar vida a la ciudad. A lo largo de sus orillas, lo natural y lo urbano se entrelazaban con armonía. La vegetación crecía con libertad, desplegando árboles y zonas verdes que suavizaban el entorno y envolvían el paisaje en una serena belleza.

El Puente de Piedra

El Puente de Piedra es uno de los símbolos más antiguos y representativos de la ciudad. Construido en piedra, con varios arcos amplios que se reflejaban en el agua, su estructura era sencilla pero elegante. Uno de los detalles más llamativos eran los leones situados en sus extremos, símbolos de fuerza y vigilancia, que parecian custodiar el acceso al puente.

Siempre vuelve a mí el recuerdo de aquella tarde tibia y acogedora. Desde el puente, las vistas se desplegaban como un cuadro vivo: el río se extendía sereno, reflejando la luz con un murmullo silencioso; las orillas, cubiertas de verde, respiraban una quietud profunda; y, en la distancia, la silueta majestuosa de la catedral se elevaba. Caminar sobre aquel puente era recorrer siglos de historia.

En el monumento situado en el Puente de Piedra se encontraba la inscripción: «Aquí fueron vilmente asesinados…». Estas palabras recuerdan un episodio trágico ocurrido tras la capitulación de la ciudad el 21 de febrero de 1809, durante el segundo sitio de Zaragoza en la Guerra de la Independencia Española. La cruz, sencilla en su forma, se elevaba como símbolo de memoria y duelo.

La Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar

En el sur del río se encontraba el centro histórico, con numerosos edificios antiguos. En la gran plaza frente a la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, las múltiples torres se alzaban y dejaban en mí una impresión sobrecogedora. Desde la plaza, al alzar la vista, tenía la sensación de que las torres me envolvían. Las líneas verticales de cada torre contrastaban con las formas redondeadas de las cubiertas.

Al mirarlas, sentí que no eran estructuras aisladas, sino parte de una composición pensada para inspirar admiración. Lo más impactante fue cómo cambiaban con la luz. Durante el día, reflejaban tonos claros y vivos. Me llamaron la atención los colores verde, amarillo y azul, en dibujos geométricos que cubrían las superficies curvas de las cúpulas. Desde lejos, parecían un mosaico; de cerca, se apreciaba el trabajo minucioso de las tejas vidriadas, más estático.

La Catedral del Salvador-La Seo

Al este de la plaza se alzaba la Catedral del Salvador de Zaragoza. Desde el exterior, lo que primero captaba mi mirada era la armoniosa convivencia de estilos: las huellas románicas y góticas se entrelazaban con la exuberancia barroca,. Pero era su fachada mudéjar me cautivaba. El ladrillo y la cerámica tejían delicados patrones geométricos, ricos en detalle y ritmo. La torre, esbelta, se elevaba con elegancia y dominaba el perfil del lado oriental de la plaza.

En el centro de la Plaza del Pilar se encontraba la escultura dedicada a Francisco de Goya. No solo recuerda a uno de los grandes artistas de España, sino que también añade una dimensión cultural al conjunto de la plaza. Goya nació y se formó en Zaragoza, donde recibió importantes encargos. Uno de los más destacados se encuentra en la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, donde pintó frescos como La adoración del nombre de Dios y Regina Martyrum. También dejó su huella en la Catedral del Salvador de Zaragoza, participando en la decoración de algunos espacios. Recorrer Zaragoza era, en cierto modo, seguir las huellas de Goya.

La cúpula Regina Martyrum de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar es una de las obras más expresivas de Francisco de Goya. Al entrar en la catedral, sentí cómo el bullicio exterior quedaba atrás. Al alzar la vista, la escena se desplegó ante mí con una fuerza inesperada. En el centro, la Virgen aparecía como Reina de los Mártires, rodeada de santos que parecían girar a su alrededor en una espiral ascendente que casi parecía moverse. Me impresionó especialmente la manera en que la luz y el color daban vida a la composición: las zonas iluminadas emergían sobre fondos más oscuros. Aquí, el artista explora una forma más personal de expresar lo religioso. Es un lugar donde se percibe claramente el genio de Goya.

El Museo Goya

El Museo Goya es uno de los espacios más significativos para comprender la obra y la evolución de Francisco de Goya. Ubicado en una antigua casa renacentista del siglo XVI, al sur de la Plaza del Pilar, el edificio es un palacio urbano con detalles decorativos que reflejan la riqueza de la Zaragoza renacentista. En la entrada, una pancarta anunciaba el famoso cuadro Retrato de María Luisa de Parma.

Al entrar, la sensación es de transición entre la arquitectura histórica y el espacio cultural. El museo estaba organizado en varias plantas. En la primera se presentan obras anteriores a Goya; en la segunda, el recorrido se centra en sus pinturas, retratos y célebres grabados.

El Retrato de María Luisa de Parma

El Retrato de María Luisa de Parma pertenece a su etapa como pintor de corte, donde debía cumplir con las convenciones del retrato oficial. La reina esta vestida con ropas ricas, adornos y detalles que reflejan el poder de la monarquía. Goya no idealiza a María Luisa de Parma pero capta a la persona real detrás del título. La luz resalta el rostro y los tejidos, creando contraste y volumen, mientras el fondo se mantiene más neutro para centrar la atención en la figura.

Goya es tan famoso en Zaragoza que su nombre se ve en muchos rincones de la ciudad. Frente al ayuntamiento, también pude ver la pancarta del Museo de Goya y son famoso cuadro ‘Retrato de Félix de Azara’.

El Retrato de Félix de Azara

El Retrato de Félix de Azara es muy representativo de la obra de Goya. El artista construye la figura de Félix con una gran economía de recursos. El fondo es neutro, sin distracciones, lo que hace que toda la atención recaiga en el rostro y la expresión. La luz, suave pero precisa, modela los rasgos con delicadeza, destacando la inteligencia y el carácter del personaje sin exageraciones. Una de las cualidades más notables de Goya es su capacidad para captar no solo la apariencia, sino también la personalidad.

La Iglesia de San Pablo

Aparte de las pinturas de Goya, también me resultaba especialmente interesante la arquitectura mudéjar en Zaragoza. Esta constituía un claro ejemplo de síntesis cultural y estilística, en la que se combinan tradiciones islámicas con formas arquitectónicas cristianas (góticas, románicas e incluso renacentistas). El estilo mudéjar surgió tras la Reconquista, cuando artesanos musulmanes continuaron trabajando en territorios cristianos. La Iglesia de San Pablo constituye un ejemplo paradigmático de la arquitectura mudéjar.

Su torre junto con su decoración exterior mostraban muy claramente esa fusión de técnica islámica y función cristiana. Estaba construida siguiendo el modelo de los minaretes, con una torre interior y otra exterior (estructura “de torre dentro de torre”). De planta octogonal y realizada principalmente en ladrillo, se organizaba en distintos niveles con paños ornamentales. Los motivos geométricos repetitivos creaba un ritmo visual muy característico.

Me gustaba la decoración geométrica y colorida del estilo mudéjar. Las cerámicas vidriadas, con azulejos verdes, blancos o azules incrustados en el ladrillo, contrastaban con el rojo cálido de este y creaban juegos de luz que cambiaban según la hora del día. El arco apuntado, formado por la intersección de dos curvas en un vértice, resultaba elegante y ligero, y guiaba mi mirada hacia lo alto.

Encontré el vestigio de Roma en Zaragoza al llegar al Teatro Romano, un lugar donde el pasado emerge de forma directa, casi tangible. A diferencia de otros monumentos más completos, aquí son las ruinas —restos de gradas, muros y estructuras— las que me permitían imaginar la magnitud original del edificio. Construido en el siglo I d. C., el teatro fue uno de los centros más importantes de la vida pública en la antigua ciudad romana, Caesaraugusta. El contraste entre las piedras antiguas y la ciudad moderna que lo rodea resultaba especialmente impactante.

La Fuente de la Samaritana

Zaragoza es una ciudad tranquila y auténtica, con un ritmo más relajado y menos masificado. La Fuente de la Samaritana se encontraba en una pequeña plaza. No era un espacio grandioso ni monumental, y ahí residía su encanto. La fuente presentaba la figura de la samaritana, sosteniendo un cántaro como símbolo del agua y la vida. Era un lugar donde la calma del entorno creaba una experiencia muy distinta a la de los grandes monumentos. Podía tomarme un breve descanso en un banco y observar la vida cotidiana en Zaragoza.

Al final de mi día en Zaragoza, sentí que la ciudad se me había revelado poco a poco. Desde la serenidad del río Ebro hasta la grandeza de la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, todo parecía formar parte de una experiencia equilibrada entre monumentalidad y calma. No fue un viaje abrumador, sino que me invitó a mirar con atención, a detenerme y a sentir, dejándome un recuerdo sereno y duradero de España.